Pintando una caravana en Boone, Carolina del Norte

 

 

 

 

 

En el verano del 2001 me fui a vivir a Boone, un pequeño pueblo de Carolina del Norte, en las Montañas Azules de los Apalaches. Fundado por Daniel Boone que vino aquí desde Pensilvania, como yo. Porque durante los cuatro años anteriores había estado en Pittsburgh, una ciudad de rica arquitectura que me sirvió de inspiración en mis cuadros. Por el contrario no es precisamente la arquitectura lo que despierta el interés en Boone. Y al principio me sentí un poco desorientado recorriendo la única calle del pueblo,

Encontré la caravana que me inspiró esta serie paseando en bicicleta, a pocos minutos de esa calle. Cerca de esta zona hay barrios enteros de caravanas, (que aquí llaman trailers). A excepción de los sin techo (homeless), vivir en este tipo de caravana se considera socialmente lo más bajo y caracteriza a una población sin cimientos y en constante deambular. Pero la presencia de ésta al lado del pueblo, claramente deshabitada, y deprimente a los ojos de los vecinos, era un tanto insólita.

A mí, inicialmente, me atrajo un detalle, la curiosa forma en que una cortina enganchada caprichosamente a manera de abanico sobresalía de una ventana rota. Esto inspiró mi primera composición, sin tener aún en mente desarrollar toda una serie de cuadros en torno a ella.

El único elemento humano sin signos de deterioro era un cartel colgado de un árbol que decía: PRIVATE PROPERTY.

 

Esto hacía que no osara meterme a curiosear dentro de la caravana -los americanos se toman muy en serio la propiedad privada-, y a lo largo de varias semanas seguí trabajando en otras perspectivas exteriores. Pero como durante todo ese tiempo nadie parecía tener relación alguna con la vivienda, por fin un día me decidí a entrar en ella. Su aspecto interior, aunque ya se vislumbrara desde fuera a través de las ventanas, me resultó extrañamente sugerente, con sus cascos de cerveza y botellas de licores varios vacías, un colchón tirado en medio, cristales rotos… Al entrar pisaba con mucho cuidado para no mover ningún objeto y a través de la ruina me quería imaginar lo que pudo haber ocurrido allí, a qué familia pudo dar cobijo, qué circunstancias harían que se fueran dejándolo todo así. Pensé entonces que valía la pena arriesgarme a pintar alguna vista interior, a pesar de que cabía la posibilidad que me pudieran arrestar o incluso pegar un tiro, y me metí con todos mis bártulos. Poco a poco fui descubriendo detalles y pistas curiosas, como un adorno colgado con una inscripción: THE ORNAMENTS OF THIS HOUSE ARE FRIENDS WHO VISIT IT. (LOS ORNAMENTOS DE ESTA CASA SON LOS AMIGOS QUE LA VISITAN). Irónico leerlo en el presente estado.

 

Al acabar la serie, la cortina todavía seguía anclada aunque su aspecto había cambiado. O quizás yo la viera con otros ojos. Cuando cada día volvía a retomar la labor albergaba el temor de que antes de poder rematar mi obra aquella cortina en abanico se pudiera desprender en cualquier momento de su frágil sujeción, por un golpe de viento, por el peso del agua de la lluvia, por un transeúnte… Pintar del natural, en un mundo tan evanescente, es estar pendiente de un hilo, siempre en lucha contra el tiempo.

 

Boone, Diciembre 2003.

Para el catálogo del Museo Gustavo de Maeztu, Ayuntamiento de Estella – Lizarra

http://www.arte10.com/noticias/monografico-128.html

Félix de la Concha